El autobús equivocado
Share
¿Cuántos años llevo en el sistema educativo? ¿Cuántas vivencias? Buenas, no tan buenas, alguna mala también habrá… Para ser sincero, nunca me he parado a pensar. Y hoy es el día en el que os voy a contar cuál ha sido la decisión más errónea que he tomado en mi vida, la cual dio paso a la mejor decisión de mi vida. Ya sabéis, como dice el refrán: “no hay mal que por bien no venga”. En 2013, estudiando segundo de bachillerato en Tolosa, cuando todavía me afeitaba una vez al mes, me preguntaron: “Andoni, ¿qué quieres ser de mayor? Tienes que elegir qué quieres estudiar, lo cual condicionará tu vida y tal y cual…” Jo-der. Si hasta ese día la decisión más importante que tomé en mi vida fue hacer o no la primera comunión… Y de repente, me dicen que tengo que tomar una decisión que condicionará mi vida… ¡No me jodas tío! Pues si eso pasó un 24 de febrero, casi tres meses más tarde, el 16 de mayo estaba haciendo la pre matrícula de la Universidad del País Vasco. Periodista quería ser por aquel entonces. No me preguntéis si quería ser periodista deportivo o periodista financiero… porque no lo sé. Lo único que sé es que el orientador del centro me desorientó. El verano se me pasó como el AVE pasa por Zaragoza. Rápidamente. Y en septiembre tuve que ir a estudiar a Bilbao, porque 6 meses antes había decidido que quería ser periodista. Así pues, ya me podéis imaginar en Bilbao, el primer día de clase, en la estación de autobuses con dos maletas. No sabía ni que bus tenía que coger para ir a Leioa. Pregunté a una mujer que pasaba por allí: “Barkatu, ba al dakizu zein autobus hartu behar dudan Leioara joateko?”. En seguida me di cuenta de que aquella mujer sabía euskera tanto como yo el chino. “¿Qué?”. “¿Qué bus tengo que coger para ir a la universidad de Leioa?”. Nos costó entendernos, pero nos entendimos. Tardé media hora en llegar del Termibus a Leioa; allí me esperaba una aventura repleta de nuevas experiencias. La primera semana se me pasó bastante rápido. La segunda, no tan rápido. Y la tercera semana, el jueves, tenía más ganas de volver a casa que un pescador que lleva seis meses en el mar. ¡Qué sufrimiento! Como imagináis, las semanas y los meses que estaban por venir no fueron mejores… y con el tiempo perdí la ilusión de ser periodista, las ganas de estudiar, y la alegría que tenía hasta entonces. Por eso, un día cualquiera me dije a mí mismo: Oye chaval, ¿merece la pena seguir así por una mala decisión que tomaste cuando ni siquiera tenías dieciocho años? Déjate de chorradas y disfruta de la vida, que son dos días. Y así lo hice, de un día para otro les dije a mis padres que no quería seguir estudiando en Bilbao y que quería empezar a estudiar magisterio. Me costó tomar la decisión, porque hasta entonces nunca había pasado por una situación parecida… casi nunca había suspendido ningún examen, nunca había repetido curso… y nunca había fracasado en mi trayecto educativo. Es verdad que al principio sentí que había fracasado. Sentí que había perdido un año de mi vida. Pero eso fue hasta que empecé a estudiar magisterio. Aquí hice nuevas amigas nada más empezar el curso. ¡Qué amigas, además! Simpáticas, listas, guapas… y, sobre todo, buenas personas. No tardé mucho tiempo en darme cuenta de que había tomado la mejor decisión de mi vida cuando me cambié de grado. Ahora estoy donde me respetan como soy, donde tengo unas amigas maravillosas, y donde quiero estar. Por eso, si algún día sientes que una decisión del pasado está condicionando tu vida para mal, recula, no tengas miedo. Todos tenemos derecho a equivocarnos. Y no pienses que “vale más lo malo conocido, que lo bueno por conocer.” Intenta buscar lo mejor, porque quizá, lo mejor, sea algo nuevo.
