Cuando Dios se demora, yo espero y todo cambia - 06/09/2026 - #1420
Episode 445 · Sep 06, 09:22 PM
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Pastor José Luis Cinalli
06/09/2026
Cuando Dios se demora, yo espero y todo cambia
06/09/2026
Cuando Dios se demora, yo espero y todo cambia
“Iremos camino de tres días al desierto, y ofreceremos sacrificios al SEÑOR nuestro Dios, como él nos ha ordenado”, Éxodo 8:27 (NBLH).
Vivimos en el imperio del clic y el microondas. Si una página web tarda tres segundos en cargar, la cerramos. Si la comida tarda quince minutos, nos quejamos. El sistema del mundo (Egipto) nos entrenó para consumir no para esperar. Por eso, cuando Dios mete su promesa en la sala de espera, nos da un ataque de ansiedad. El faraón siempre intentará negociar nuestro nivel de entrega. Cuando el enemigo vio que Israel se le escapaba, les propuso una tregua a medias: “Vayan a ofrecer sacrificios a su Dios, pero quédense aquí en el país… no se vayan muy lejos”, Éxodo 8:25-28.
Faraón nos dice hoy: “Sé religioso, ve a la iglesia, pero no te vayas muy lejos... no te metas tan profundo en el desierto de la consagración”. El enemigo tolera nuestra fe, siempre y cuando mantengamos el apuro de Egipto en nuestro corazón. Moisés dijo: “No”. Decretó que hacían falta tres días de camino para romper con la adicción a la inmediatez. Egipto nos ofrece un microondas: soluciones rápidas y automáticas. Es la fe infantil la que exige respuestas instantáneas; la fe madura sabe esperar el tiempo del Padre. Pero, Dios no trabaja a microondas; Dios nos procesa en un desierto. Para la carne, esperar se siente como un castigo. Sin embargo, la espera es el taller donde Dios fabrica a sus gigantes. Quien busca un atajo humano para apurar una promesa divina, termina pagando un precio que le cuesta la dignidad. Entonces, cuando Dios se demora, yo decido esperar, permanezco firme y todo cambia.
Veamos cuatro ejemplos de personas que supieron esperar en la agenda de las promesas demoradas:
1. Simeón: El examen del tiempo.
Simeón recibió la promesa de que no moriría sin antes ver al Mesías, Lucas 2:26. Pasaron décadas de silencio absoluto. El milagro no llegó en su juventud; llegó casi al final de sus días, cuando ya era un anciano. Simeón no se apuró ni dudó; esperó toda su vida en el secreto y sostuvo al Salvador en sus brazos. La fe madura no le pone fecha de vencimiento a la Palabra de Dios. Quien sabe esperar con paciencia, siempre termina abrazando su milagro.
Simeón recibió la promesa de que no moriría sin antes ver al Mesías, Lucas 2:26. Pasaron décadas de silencio absoluto. El milagro no llegó en su juventud; llegó casi al final de sus días, cuando ya era un anciano. Simeón no se apuró ni dudó; esperó toda su vida en el secreto y sostuvo al Salvador en sus brazos. La fe madura no le pone fecha de vencimiento a la Palabra de Dios. Quien sabe esperar con paciencia, siempre termina abrazando su milagro.
2. Moisés: El examen del silencio.
Dios le ordenó: “Sube para encontrarte conmigo... y espérame” (Éxodo 24:1-12) y lo dejó seis días enteros en un silencio sepulcral antes de hablarle al séptimo día. Abajo, el pueblo no aguantó el silencio y fabricó una vaca de oro. Moisés soportó el silencio y vio la gloria. Si no soportamos el silencio de Dios, terminaremos adorando nuestros propios inventos. El apuro nos hace fabricar ídolos; la paciencia nos revela Su gloria.
Dios le ordenó: “Sube para encontrarte conmigo... y espérame” (Éxodo 24:1-12) y lo dejó seis días enteros en un silencio sepulcral antes de hablarle al séptimo día. Abajo, el pueblo no aguantó el silencio y fabricó una vaca de oro. Moisés soportó el silencio y vio la gloria. Si no soportamos el silencio de Dios, terminaremos adorando nuestros propios inventos. El apuro nos hace fabricar ídolos; la paciencia nos revela Su gloria.
3. Juan el Bautista: El examen del anonimato.
Pasó treinta largos años oculto en la arena del desierto antes de iniciar un ministerio público de solo seis meses, Lucas 3:2-3. Pudo esperar en el anonimato absoluto porque ya se sentía completamente realizado habitando en la presencia de Dios. Muchos fracasan no por falta de unción, sino por falta de desierto. Si huimos del desierto, estamos huyendo de la madurez. Dios jamás nos va a exponer en público si todavía no nos ha procesado en lo secreto.
Pasó treinta largos años oculto en la arena del desierto antes de iniciar un ministerio público de solo seis meses, Lucas 3:2-3. Pudo esperar en el anonimato absoluto porque ya se sentía completamente realizado habitando en la presencia de Dios. Muchos fracasan no por falta de unción, sino por falta de desierto. Si huimos del desierto, estamos huyendo de la madurez. Dios jamás nos va a exponer en público si todavía no nos ha procesado en lo secreto.
4. Los 120 del aposento alto: El examen de la persistencia.
La promesa del Espíritu Santo le fue dada a más de quinientas personas (1ª Corintios 15:6), pero Jesús ordenó quedarse en la ciudad hasta recibir el poder, Lucas 24:49. Pasaron diez días de encierro y silencio absoluto. Trescientos ochenta se cansaron, se bajaron del proceso y volvieron a sus casas; solo ciento veinte aguantaron hasta el Pentecostés, Hechos 1:15. El fuego del Espíritu está reservado para los que perseveran. Muchos se pierden la mayor bendición de sus vidas simplemente porque se bajan del proceso en la última media hora.
5. José: El examen del olvido. Pasó de los sueños de grandeza al pozo, la esclavitud y la cárcel. El copero se olvidó de él por dos años. José no se amargó ni buscó atajos; esperó el tiempo de Dios y pasó de la prisión al trono. La demora de Dios no es rechazo, es protección. Si subimos antes de tiempo, el orgullo nos destruye. Quien soporta el olvido con integridad, califica para el peso de la gloria.
La promesa del Espíritu Santo le fue dada a más de quinientas personas (1ª Corintios 15:6), pero Jesús ordenó quedarse en la ciudad hasta recibir el poder, Lucas 24:49. Pasaron diez días de encierro y silencio absoluto. Trescientos ochenta se cansaron, se bajaron del proceso y volvieron a sus casas; solo ciento veinte aguantaron hasta el Pentecostés, Hechos 1:15. El fuego del Espíritu está reservado para los que perseveran. Muchos se pierden la mayor bendición de sus vidas simplemente porque se bajan del proceso en la última media hora.
5. José: El examen del olvido. Pasó de los sueños de grandeza al pozo, la esclavitud y la cárcel. El copero se olvidó de él por dos años. José no se amargó ni buscó atajos; esperó el tiempo de Dios y pasó de la prisión al trono. La demora de Dios no es rechazo, es protección. Si subimos antes de tiempo, el orgullo nos destruye. Quien soporta el olvido con integridad, califica para el peso de la gloria.
Los que se quebraron por el apuro
Ya vimos a los que usaron la espera para madurar. Miremos ahora a los que se quebraron por el apuro. Cuando Dios se demora, la carne busca salidas de emergencia. El mayor peligro de la impaciencia es que te ofrece un alivio rápido hoy, pero te clava una tragedia permanente mañana. Quien no aguanta los tres días de camino en el desierto, termina fabricando sus propios atajos. Veamos a dos personajes que arruinaron su futuro por querer ganarle al reloj de Dios:
1. Tamar: Forzar el destino, Génesis 38.
Se le había prometido un esposo de la familia, pero vio que el tiempo pasaba y forzó su destino mediante un engaño sexual. Consiguió lo que quería, pero a costa de su dignidad y arrastrando a su familia al escándalo moral. Somos los únicos que perdemos cuando le ponemos un ultimátum a Dios. El apuro te hace aceptar soluciones baratas que mañana pagas con tu dignidad. Compras un alivio de cinco minutos que te cuesta una vergüenza de por vida.
Se le había prometido un esposo de la familia, pero vio que el tiempo pasaba y forzó su destino mediante un engaño sexual. Consiguió lo que quería, pero a costa de su dignidad y arrastrando a su familia al escándalo moral. Somos los únicos que perdemos cuando le ponemos un ultimátum a Dios. El apuro te hace aceptar soluciones baratas que mañana pagas con tu dignidad. Compras un alivio de cinco minutos que te cuesta una vergüenza de por vida.
2. El pueblo de Jabes: Pactar con el miedo, 1º Samuel 11.
Por miedo a la invasión y por no esperar el rescate de Dios, pactaron con el enemigo Nahas. El precio del atajo fue humillante: el enemigo les exigió sacarle el ojo derecho a cada hombre. Buscar un atajo humano por miedo al desierto te deja ciego espiritualmente. El enemigo te da una falsa paz hoy, pero te quita los ojos para que nunca veas el cumplimiento de tu promesa.
Por miedo a la invasión y por no esperar el rescate de Dios, pactaron con el enemigo Nahas. El precio del atajo fue humillante: el enemigo les exigió sacarle el ojo derecho a cada hombre. Buscar un atajo humano por miedo al desierto te deja ciego espiritualmente. El enemigo te da una falsa paz hoy, pero te quita los ojos para que nunca veas el cumplimiento de tu promesa.
Conclusión. El silencio y la demora de Dios te van a obligar a tomar una decisión. ¿Qué camino tomarás?
· Moisés aguantó el silencio y vio la gloria; el pueblo se apuró y adoró una vaca.
· Los 120 perseveraron y recibieron el fuego; los 380 se rindieron y volvieron con las manos vacías.
¡La parte más difícil de la fe es la última media hora, justo antes de que aparezca la respuesta y Dios ejecute su palabra! Es exactamente en ese tramo de aparente retraso donde la mayoría tira la toalla y pierde su milagro. Dios actúa únicamente a favor de los que esperan en Él, Isaías 64:4.
Mañana, cuando vuelvas a tu realidad, a lidiar con esa deuda, con esa enfermedad o con ese hijo que no cambia, toma tres decisiones prácticas:
1. Desconéctate del microondas: Decide que tu santidad, tus valores y tu matrimonio no se negocian por un resultado rápido. No le compres soluciones baratas al diablo.
2. Soporta la sombra: Si nadie te ve y estás en el anonimato, alégrate. Dios te está madurando. No busques aplausos humanos antes de que Dios termine su obra en ti.
3. ¡No te bajes en la última media hora! Si llevas tiempo orando y sientes que ya no das más, ¡resiste! No seas parte de los trescientos ochenta que abandonaron el aposento alto un día antes de que cayera el fuego de Pentecostés.
Dios no se olvidó de ti. Si el reloj corre y el cielo calla, recuerda la orden: Sube a la montaña, quédate quieto y espérame. ¿Te vas a fabricar un atajo que te cueste la dignidad, o te vas a quedar quieto hasta ver su gloria?
